2/10/09


El destino puede seguir dos caminos para causar nuestra ruina: rehusarnos el cumplimiento de nuestros deseos y cumplirlos plenamente (Henry F. Amiel)
"Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, en cuyo corazón están tus caminos" (Salmo 84:5)

20/9/09

La novedad de Jesús.


“El Espíritu de Dios está sobre mí, porque me ha elegido para dar buenas noticias a los pobres Dios me ha enviado a anunciar libertad a los prisioneros, a devolver la vista a los ciegos, a rescatar a los que son maltratados y a decir:”“¡Este es el tiempo que Dios eligió para dar *salvación!’” Lc.4:18-19.
Jesús es un hombre totalmente atípico para su tiempo, del todo atípico, semejante sólo a su primo Juan, llamado el “Bautista”.
Sus palabras y enseñanzas poco tenían que ver con la mentalidad mundana de sus días (el Sermón del Monte, es un buen reflejo de esto). Ej. “¿no es la vida más que el alimento y el cuerpo, más que el vestido?.
Es sorprendente que Jesús no enseñó nada que pueda autorizarnos a pensar que su intención fue promover, perfeccionar o espiritualizar la civilización humana. Lo que quiere en el fondo es inaugurar un nuevo mundo, en el cual la historia humana cesa de ser como se ha dado a través de los siglos.
Sin duda Jesucristo es el personaje más celebre de cuantos registra la historia, pero, en esta celebridad, sobre la cual hay un consenso formal al menos, no hay claridad sobre el mundo hacia el cual está orientada su enseñanza, ni hasta qué punto esa enseñanza es extraña y opuesta a este mundo que los hombres hemos construido.
El cristianismo durante muchos siglos creó una base espiritual y ética, la cual, a pesar de los abusos del poder, estaba bien asentada en los pueblos occidentales. Hoy esa base ha sido demolida, de manera que la relativa independencia que esos pueblos tenían respecto de lo que acontecía en las cúpulas del poder, hoy se ha perdido. Los valores vividos se han derrumbado y el poder que hoy rige al mundo, inseparable del dinero, que finalmente no es sino el dinero mismo, se hace cada vez más hegemónico.
De las grandes culturas históricas, incluida la occidental, ya de hecho, poco o nada es lo que queda. El mundo se ha ecualizado, constituyendo una sola interrelación de negocios controlada por las grandes potencias. Sólo un complejo financiero, tecnológico y militar cubre hoy los territorios habitados por la especie humana, el cual funciona igual en todas partes. Hoy los hombres y las mujeres ya no viven; sólo piensan y se afanan. Han alcanzado la libertad, pero se ven más oprimidos que nunca. Han dominado la materia y la energía; han dominado la naturaleza, cumpliendo, en el concepto de algunos, un mandato bíblico, para comprobar al fin que sólo han logrado construir un mundo sin felicidad, sin justicia, sin amor, sin belleza, deforme, vulgar y agresivo, que ha destruido la trama de la vida en el planeta, hasta el punto que el daño se aproxima ya a las fronteras de lo irreversibles.
Tal es nuestra megacrisis, la crisis del sentido. Pues bien, en medio de este caos, una aproximación cada vez más audaz a la esencia del evangelio, a pesar de que pueda provocar contradicciones y divisiones, a la postre será saludable, fue esa desarticulación de la sociedad constituida en tiempos de Jesús, a la cual Él se refirió en términos que siempre resultarán inquietantes: “No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz, sino espada. Porque yo he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra. Y los enemigos del hombre serán los de su casa”. Porque en verdad, un examen detenido del paradigma de mundo, hombre y sociedad que se insinúa como respaldo de las enseñanzas de Jesús, no se parece en nada a lo que hemos visto a través de los siglos de historia conocida. Porque lo que Él ofrece, aunque sea perturbador comprobarlo, no es un programa de soluciones a los problemas del mundo, a los cuales, como la experiencia lo enseña, no se ha podido dar solución en la medida que el mundo que los genera es en sí mismo un solo problema insoluble. Lo que Jesús ofrece es otro mundo, que no surge ni se organiza mediante la falaz racionalidad de los hombres y las mujeres, sino que se forma y crece por el poder de Espíritu, que es amor y sabiduría de Dios, el que actúa cuando los hombres buscan refugio en él, cesando en su vano empeño y poniéndose en manos de ese poder que viene de lo alto.
Ese otro mundo, que no es el mundo creado por los hombres y las mujeres, es aquel que en los evangelio se denomina Reino de los Cielos (generado por el cielo en la tierra), o el Reino de Dios, o simplemente el Reino, al cual cabe aplicarle las palabras del apóstol Pablo: “Ni ojo ni oído oyó lo que Dios tiene reservado a los que lo aman”.
Por eso es que debemos considerar a la persona y enseñanza de Jesús en toda su radicalidad sin intentar domesticarlo, porque no hay fórmula, ni teoría, ni ideología ni régimen, modelo, sistema, o lo que fuere, que pueda pretender legitimarse en las enseñanzas de Jesús, que no sea el mundo que nace de Él como piedra fundamental.
………
¿No creen que Jesucristo debiera en este tiempo entrar nuevamente en la sinagoga de Nazaret?
¿No creen que es necesario recuperar la novedad de JESÚS, el EVANGELIO, buenas nuevas constantemente?
¡Cuánto necesitamos de esto!

Nuestro "abandono" al Abba Padre.

Nuestros días están más atentos al pragmatismo, que a las cuestiones esenciales e ideales, hemos ido perdiendo la capacidad de encantarnos con la vida y la posibilidad de que esta sea mucho más posible para todos, pero para los cristianos(as) la vida debe seguir viéndose como un don y debemos agotar todos los medios posibles para que esta siga teniendo todas las razones para vivirse, y si hay algo que nos inspira es esa realidad que nos llegó en el Hijo de Dios, Jesucristo; es ese Reino, que nos demanda la renuncia del pragmatismo y optar por ese ideal de vida que en Cristo si es posible, pero para ello debemos de seguir aprendiendo del Hijo, y de esa relación con su Padre.
Una de las características del pragmatismo, es hacer de las personas un activismo constante, perdiendo la capacidad de escuchar para actuar. En la vida del Hijo de Dios, teniendo como central su relación con el Padre, se destaca esa disposición a escuchar antes que actuar. En el Evangelio de Juan se destacan algunas citas, que nos muestran esta relación: “Yo no hago nada por mi propia cuenta… sino cumplir la voluntad del que me envío” (Jn.5:30; “…el hijo no puede hacer nada por su propia cuenta….porque cualquier cosa que hace el padre, la hace también el hijo…” (Jn.5:19); “….no hago nada por propia cuenta, sino que hablo conforme a lo que el Padre me ha enseñado (Jn8:26-28); y por último “… Así todo lo que digo es lo que el Padre me ha ordenado decir” (Jn.12:49-50).
Lo común en lo apuntado anteriormente es el carácter central de la voluntad del Padre y las más completa entrega y sumisión a ella. Nos encontramos reconociendo en el Hijo, que no habla, ni decide, ni juzga ni hace nada por sí mismo, todo finalmente procede del Padre. El comportamiento de Jesús va en contra de la mentalidad pragmática que prevalece en nuestros días, dos cuestiones centrales en su comportamiento lo explicitan: Primero, se coloca en la condición de un buen oyente (quienes son lo que de verdad quieren oír en nuestros días). Segundo, pone fin la necesidad humana de autonomía (quien renuncia a su individualidad y su autodeterminación en nuestros días).
Jesús nos da una lección, primero escucho al Padre y luego actúo, como dice alguien, este comportamiento es una invitación al silencio, a un verdadero retiro constante con el Padre, totalmente ajeno al bullicio y agitación de nuestros días y de nosotros. Esto debiera cuestionar este comportamiento pragmático, por ejemplo, quién escucha aun lo profundo de su propio corazón, para que hablar de esas voces cercanas y distantes, que buscan oídos atentos. Ignacio de Antioquía decía: “es mejor guardar silencio y ser, que tener en abundancia y no ser”. El silencio nos lleva a nuestro interior, logramos conocernos, lo que nos prepara también para conocer a Dios. Cuán necesario es escuchar para mantener buenas relaciones, y si trasladamos esto a la relación Padre-Hijo, nos damos cuento que ello fue fundamental, para que el Hijo viviera esa vida que el Padre había dado para Él, cuántas veces surgieron las voces de la tentación para desviarlo de ella, pero se apartaba, buscaba el silencio y escuchaba al Padre, y regresaba a vivir lo del Padre.
El pragmatismo y nuestras “urgencias”, nos nublan la vista, haciendo por ejemplo de nuestras oraciones un verdadero monologo que dirigimos al Padre, van sólo con nuestra percepción, con la inmediatez de nuestra “realidad” y carencias de todo tipo.
Jesús, todo lo contrario, dio prioridad a la voz del Padre, aun su oración “modelo” nos dice: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt.6:10); que desprendo de ello, que la vida que asumía Jesús, era un verdadero abandono de sí mismo por la voluntad del Padre. Al decir que él no habla, ni juzga ni hace cosa alguna sin oír antes al Padre, así Jesús muestra que no tiene una vida autodeterminada, propia, sino la del Padre, con esto nos estaba enseñando donde estaba la vida, era el don del Padre y debía vivirse según Su Voluntad. La vida que se nos ha dado es para hacer la voluntad del Padre, y para esto necesitamos aprender a escuchar, más que actuar. Dios siempre es nuestro acto primero, nosotros somos sólo acto segundo.
El escuchar a Dios al estilo del Hijo, Jesucristo, nos permitirá dar significado a nuestra propia existencia en una relación genuina con el Padre, y que esto también nos ayude a escucharnos más a nosotros y a nuestro prójimo.
Que el Escuchar al Padre sea para decir: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.
*En deuda con varios por lo expuesto.
*Bueno, la idea era terminar con las notas acerca de la “orfandad” y el Padre con la anterior, pero según algunos comentarios, era necesario esta, bueno, que Dios nos acompañe en todo.

De la orfandad a hijos(as) del Abba Padre.

Uno de los descubrimientos que debemos hacer en nuestros días, a la luz de las dos notas anteriores y esta a modo de conclusión, es que debemos descubrirnos como hijos(as) de ese Padre, que se nos ha revelado en el Hijo de Dios, Jesucristo.
Lamentablemente el mundo cristiano se ha convertido en un mundo de adultos, racionales y lógicos, que ha perdido la memoria de saberse hijos(as). Este mundo de adultos es un mundo impersonal, sin vínculos, de gente que desea ser autónoma e independiente, un mundo de “gente grave”. Pero el mundo de los afectos es el de los hijos(as), de los “lokos(as) bajitos(as)”, en donde no existe ni la autonomía ni la impersonalidad, un mundo de “gente que cree”. La identidad de estos está vinculada con la de sus padres, no se siente la vida como propia, sino perteneciente con quienes se convive, no se rompen los vínculos, ya que son esenciales y vitales para su supervivencia y equilibrio.
“Os aseguro que si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de Dios” (Mt.18:3), claramente lo que Jesús está diciendo es que nuestro ingreso en el Reino de Dios es el rescate de nuestra condición de hijos(as). Perder la condición de hijos(as) es una inversión peligrosa en nuestra relación con Dios.
Es tal la orfandad en la que vivimos que cambiamos las relaciones, en vez de convertirnos a Dios el Padre, Él debe convertirse a nosotros, a nuestros intereses y “creencias”, así Cristo termina manipulado por nosotros, convertido Él a nosotros, más que nosotros a Él, en vez de ser nosotros los siervos(as), Él termina siendo siervo nuestro.
Al observar a esos “lokos(as) bajitos(as)” qué descubrimos, que el vivir es ser parte de una estrecha relación de amor, dependencia y obediencia; por tanto, descubrirnos como hijos(as), es encontrar en nosotros esta condición de niños.
Asumo que la infancia para muchos estuvo determinada por la alegría o por la tristeza (abandono, violencia, sufrimiento, críticas, ausencias y privaciones); así que nuestro esfuerzo es borrar esto, con llegar apresuradamente a la vida de adultos, a la conquista de nuestra independencia, para muchos con el sueño de la felicidad; pero terminamos reconociendo que esa infancia aun permanece en nuestro interior, determinando nuestra conducta, valores, intereses y opciones de vida. Encontrarse con el Abba Padre, es también nuestra liberación de nuestra infancia, de nuestra intimidad escondida de los recuerdos de la infancia, es el encuentro con aquel Dios que nos dice soy tu Abba Padre.
Tener a Dios como Padre ha sido impedido muchas veces por los recuerdos de nuestro pasado, por lo mismo se opta por otro tipo de relación con Dios, quizás más conveniente y utilitaria, y terminamos siendo niños adultos inseguros, que optan por la manipulación y el control, en lugar del amor, la entrega y la obediencia. Pero el camino de Jesús, es el camino del Hijo que se relaciona con Su Padre, en una estrecha y renovada relación de amor, dependencia y confianza plena en el Abba Padre.
La obra de Dios en nosotros por medio del Espíritu Santo es, básicamente, la de adoptarnos comos hijos(as) del Padre, del Abba Padre. Esta obra lo considera todo, no sólo la vida actual, adulta y racional, sino nuestra historia, el pasado y todas sus memorias, aun aquellas que están escondidas en alguna grieta olvidada. El apóstol Pablo nos recuerda: “Y no habéis recibido un espíritu de esclavos, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos(as) que nos permite clamar Abba, Padre. El Espíritu atestigua a nuestro espíritu que somos hijos(as) de Dios.” (Ro.l8:15-16). Todos los derechos y beneficios de hijos(as) están restaurados en nuestra relación con Dios, nuestro Abba Padre.
Necesitamos asumir a Dios como nuestro Padre, no en la perspectiva de los recuerdos y memorias que tenemos de nuestros padres (sea cual sea esa vivencia), sino a partir de la relación que el propio Hijo Jesús tuvo con el Dios, Su Abba, Padre (como lo presentamos en las dos notas anteriores).
Nuestro desafío es ser hijos(as) delante de nuestro Dios, en un mundo que quiere comportarse como adulto, pero que en su interior está un niño(a), que aun no ha sanado, porque no tiene ese Paddre que le diga, tú eres mi hijo(a) amado(a) y en ti me complazco, me alegro.
Gracias a Jesús, la relación con el Abba Padre es más que posible, no olvidando que para entrar en el Reino de Dios debemos ser como niños(as), ya Jesús nos dijo, “de los tales es mi Reino”.
Ese Reino nos pertenece mis estimados(as) “lokos(as) bajitos(as)” para con Dios nuestro Abba Padre.
*En deudas con varios por lo expuesto.

De la orfandad al “Abba Padre”.

Siguiendo al apóstol Pablo, destaca dos resultados de la obra del Espíritu Santo, que nos ponen en relación con Dios: Decir que “Cristo es el Señor” y “Abba Padre”. Estas declaraciones muestran la obra por esencia del Espíritu Santo en nosotros. La iglesia es el vínculo con el Padre, por medio del Hijo, creado por el Espíritu Santo.
En esencia se ha llegado a definir al cristianismo como el conocimiento de Dios como nuestro Padre; por tanto, debiera ser esto el impulso de su adoración, misión, oración, la manera de percibir la vida, etc., si no es así, no se entiende el cristianismo.
Como dice J.I. Packer, todo lo que enseñó Jesús, se resume en el conocimiento de la paternidad de Dios, “Padre es el nombre cristiano para Dios”. De esta manera, hay que asumir, que este conocimiento no nace de una experiencia personal, sino mediante la revelación del Hijo por el Espíritu Santo, para llegar a pronunciar esas palabras sublimes, Dios es mi Padre. Es el Hijo quien nos acercó al Padre en el Espíritu (Jn.14:9).
Nuestras experiencias de paternidad pueden ser quizás positivas o negativas, pero esas no se condicen con la paternidad de Dios, es otra realidad, no hay comparación, se trata de una revelación del Hijo de Dios en nosotros. Dios es nuestro Padre porque nos adoptó en el Hijo, dándonos el Espíritu que nos lleva a decir “Abba Padre”. Es la relación de Cristo con el Padre el modelo y el camino de nuestra relación con Dios el Padre.
“Abba Padre”, nos habla de intimidad y reverencia. Hablar de intimidad en nuestros días, no es fácil, ya que lo que generalmente se entiende por ella, no es más que una pobre comprensión emocional y muchas veces bajo el énfasis de alcanzar ventajas personales, finalmente se ha transformado en un instrumento de manipulación y obtención de gratificación personal.
Jesús nunca usó su relación con su Padre para sacar provechos personales, sino era un asunto de obediencia y sumisión al Padre. Jesús el Hijo, nos muestra una nueva forma de relacionarse con Dios. No hay que olvidar que la pronunciación por parte de Jesús de su “Abba Padre”, fue en el Getsemaní, “…todo es posible para ti… pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú” (Mr.14:36). Es una relación de rendición en completa obediencia y sumisión. El “Abba Padre”, no es usado por Él para beneficio personal, para exigir derechos y esperar favores, todo lo contrario, en Él, es reverencia, humildad y sumisión, hay una rendición a los afectos, protección, cuidado y amor del Padre.
Nuestro mundo postmoderno aborrece de la sumisión y de la rendición a voluntades ajenas, vivimos en una era de “pequeños dictadores”, cada cual ordenando su mundo, la búsqueda de la realización personal sin pautas absolutas y reveladas, es ajeno a la experiencia humana de hoy; por tanto, para qué enfatizar el ser tal cual es en todo su valor, sólo terminamos enfatizando el hacer y el tener, y es tan notorio esto que cuando nos presentamos, lo hacemos a partir de lo que hacemos y tenemos, hay una renuncia al ser, lo más seguro, porque no nos sabemos, no tenemos el verdadero referente que nos diga quienes somos, hemos perdido esa relación que decía, “este es mi hijo(a) amado(a) en quien me complazco”, así que buscamos equivocadamente en otros “referentes” nuestro ser, lo que habla de lo perdidos que estamos.
Cuando nos acercamos a Dios, cómo lo hacemos, ¿qué estamos diciendo cuando oramos a Dios como “Abba Padre”? Lo hacemos para sacar provecho utilitario de Dios, rebajándolo a una simple relación mundana, para recibir sus favores o estamos buscando una rendición y reverencia para Él. Nunca estará en duda el poder de Dios, ni menos su voluntad de querer lo mejor para nosotros, sino cuáles son nuestras motivaciones al acercarnos a Él.
La experiencia relacional entre padre e hijos, nos enseña que los primeros generalmente están optando por lo mejor para sus hijos, aun con sus negativas, cuanto más Dios el Padre, pero mi problema es la actitud de hijos(as) ante este Padre. Que lejos estamos del modelo y camino que nos muestra Jesús el Hijo, que sea tu voluntad y no la mía, mi rendición a ti en todo.
Cuando se busca al Padre sólo por lo que se puede obtener de Él, finalmente la relación termina siendo utilitaria, donde los afectos se pierden, termina siendo una relación impersonal, frágil y menos íntima, terminamos dependiendo de las manifestaciones externas, más que de las internas, en donde la condición de hijo(a) ante el Padre pierde su razón de ser y las convicciones que la sustentan.
Cuantos de nosotros nunca hemos ido en pos de una relación más íntima, afectiva y personal con Dios el Padre.
Si el cristianismo es en esencia conocer a Dios como Padre, de qué nos serviría llevar a cabo todas las “acciones cristianas”, “amor y servicio al prójimo”, si estas no surgen de esa profunda relación con el Padre, quien es la fuente de todo lo que existe y bueno para nosotros.
¿Cuánto necesitamos un Getsemaní personal? Para decir, que se haga tu voluntad en mí, porque se que eres de verdad mi Padre ... “Abba Padre, todas las cosas son posibles para ti…..mas no lo que yo quiero, sino lo que tú” (Mr.14:36).
*En deuda con varios por lo expuesto.

Dios y la orfandad de la vida.

En nuestros días al parecer la vida cristiana necesita más e intensos estímulos para participar de manera comprometida en todo aquello relacionada con ella, terminando en una verdadera obsesión por la experiencia personal como camino para el conocimiento de Dios, perdiendo de vista el lugar y el significado de la relación personal en la vida del cristiano y la cristiana.
No siempre la euforia que produce la experiencia es sinónimo de vitalidad en nosotros.
Jesús nos invita a desarrollar una relación de amor y amistad, de la misma calidad que el Padre tiene con el Hijo, en esta está la base para la correcta relación entre Dios y nosotros.
En medio de tanta orfandad en la vida actual, el descubrimiento de la relación Padre-Hijo, nos orienta para una vida y experiencia más humana, personal y espiritual, con Dios y nuestro prójimo.
Nuestros días necesitan descubrir la paternidad que hay en Dios, porque Él en esencia es relacional, lo entendemos así en la Trinidad, la relaciones perfectas en su Ser. Pero también está el hecho del lugar que ocupa el Padre en la vida y misión del Hijo, llegando a decir Jesús, “mi comida es hacer tu voluntad”. Ya sabemos que la comida habla de la dependencia que existe en la existencia humana. Para Jesús su vida y misión, fue la del Padre, no la personal, sólo tomó la de Su Padre.
Nuestros días son de orfandad, llenos de medios de comunicación y redes, pero de pobreza relacional, demasiado individualista, y ajenos al sentido de comunidad que hay en Dios, desarrollando relaciones utilitarias y funcionales, llenándonos de actividades, para tapar los espacios y lagunas que dejan nuestras carencias de afecto y buenas relaciones.
Es aquí donde resalta Jesús, quien encontró su realización personal, no en sí mismo, sino en su relación, su obediencia y sumisión al Padre. Una completa identificación con el Padre posibilitó la calidad de vida que observamos en él, un ser humano completamente satisfecho en lo que era y hacía; era la relación de amor y amistad lo relevante para Jesús y no las cosas que hacemos o poseemos, por muy importantes que estas hayan sido.
Cuando Jesús fue bautizado se escuchó esa voz: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”, palabras que trajeron significado a su vida y vocación, el modo como habría de conducirse, su vida pertenecía al Padre, de quién recibe el amor y el gozo por la vida.
En las tentaciones, Jesús lo primero que tuvo que enfrentar fue la pregunta del tentador: “Si eres Hijo de Dios”, no es el milagro o la experiencia, sino la calidad de la relación la probada, la duda se pone en la voz: “Éste es mi hijo amado”, lo que se cuestiona es la relación con el Padre. La tentación no ajena a nosotros, es romper la relación, la sumisión y la comunión con Dios.
La respuesta del Hijo es clara, lo importante era la calidad de la relación con el Padre, porque si esta se rompe, el resto es cosa de tiempo. Es así en nosotros, cuando se rompe la relación, el paso siguiente es ceder, en cambio Él no dio lugar a la duda acerca de la voz del Padre.
Generalmente, la inseguridad afectiva nos lleva a desear y tener aquello, que quizás nos ayude a experimentar que somos amados y aceptados, por lo mismo nos llenamos de experiencias, pero dejando en evidencia la fragilidad que hay en nosotros.
Para Jesús fue suficiente la voz, “eres mi Hijo amado”; por tanto, no dio lugar a la falsas voces, no necesitaba andar probando nada, su relación con el Padre era suficiente evidencia de complacencia y gozo.
Aquí debemos aprender de Jesús, ante tanta orfandad de la vida en nuestros días, Él encontró en la relación con el Padre toda su realización.
Quizás necesitamos escuchar esa voz en lo profundo de nuestro ser, que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”, para una vivencia más humana y espiritual, ante tanta carencia de verdaderas relaciones que nos lleven a verdadera realización.
La Paternidad que hay en Dios podrá terminar con tanta orfandad que experimentamos constantemente, y que está ahí esperando, como en la parábola del hijo prodigo. Quizás debamos recordar que en esta vida somos eso, pródigos en busca del verdadero Padre, quién está con los brazos abiertos esperando por cada uno de nosotros.
*Debo a varios algunas de las ideas expuestas aquí, pero de esta manera también crecemos.